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TANGO
Hoy a mis ochenta y pico, (ya ni me acuerdo del “pico”) estoy sentado en el patio del geriátrico.
No tengo ganas de jugar al truco ni de charlar con mis compañeros, solo quiero estar con mis recuerdos: mis tiempos de purrete y más tarde de muchacho, allá, en mi barrio: Barracas. No se si me hace bien o mal acordarme de aquellos tiempos. Pero no quiero olvidarme de lo que he vivido.
Nicola, mi compañero de pieza, se acerca.
- ¡Ufa! no me va a dejar tranquilo.
- ¿En qué estás pensando Pedro? ¡Siempre con tus recuerdos, que no compartís con nadie! Ya conoces toda mi vida. ¿Por qué no me contás algo de la tuya? ¿Dónde vivías? ¿Cómo era tu barrio? No se nada de vos.
- Como hinchas, siempre con la misma cantinela. No tengo ganas de hablar y menos contarte mi vida.
- Dale… contate algo, así pasamos el rato.
- Bueno, para sacarte de encima te voy a contar parte de mi historia pero que sea la primera y última vez que hablo de mí.
Cuando era un purrete vivía en Barracas, a unos pocos pasos de Osvaldo Cruz y Montes de Oca. Cerca de la estación de tren “Tres Esquinas”.
- Como dice el tango:… “yo soy del barrio de Tres Esquinas…viejo baluarte del arrabal” – Huy, todavía me acuerdo de la letra….
Mi casa era un conventillo.
Mi viejo tenía una chata que tiraba un pingo negro azabache, hermoso. No me acuerdo como se llamaba…. La guardaba en un corralón, en el fondo del conventillo.
En el patio había glicinas que formaban un techo perfumado cuando crecían sus hojas y salían sus flores. Mi vieja tenía un montón de tachos con malvones de todos colores, apoyados en la ventana de la pieza.
Cuando mi viejo venía de descargar la chata cargada de tarros de leche se sentaba en el patio con el fueye, al que le arrancaba viejas canzonetas italianas y algún tango, mientras la vieja le cebaba mate.
Éramos muchos de familia, mi viejo solo no daba abasto para parar la olla, así que los hijos más grandes comenzamos a ayudarlo desde purretes.
Cuando él murió, yo me hice cargo de la chata.
Ya era un mozo pintón, al que todas las pibas miraban. Sobre todo ella la Rosita.
La Rosita trabajaba en un taller de planchado, pero a ella no le gustaba esa vida. A ella le tiraba el Centro con sus luces, con sus salones de baile. Le gustaba vestirse bien. Todos los muchachos la deseábamos, pero ella se había fijado en mí. ¡Qué seguro estaba! El tiempo me demostró que no era así.
Yo la esperaba en la puerta del café, cuando ella volvía del taller y yo ya había dejado la chata.
Para ir a esperarla me ponía mis mejores pilchas, sobre todo los domingos. Ese día era el que hacíamos el paseo más largo. La tomaba del brazo y nos íbamos por Montes de Oca caminando casi hasta llegar a Constitución. Íbamos a bailar a algún salón de por allí cerca.
Ella siempre me preguntaba, -¿algún día me vas a llevar al centro a bailar o a comer a un lindo lugar? ¿Me vas a comprar un traje de seda?
Yo no le contestaba, ya que sabía que iba a ser difícil; el dinero no sobraba.
Pasó el tiempo y las viejas del conventillo comenzaron a chismosear cuando la veían pasar a la Rosita, cada vez mejor arreglada. Hasta que un día uno de los muchachos se animó a decirme:
- Pedro fíjate la que hace la Rosita cuando vos estás trabajando.
- ¿Y que va hacer? Trabajar. Ustedes hablan de envidia.
Pero por fin un día la vi.
Fue una noche. Después de comer lo que la vieja me dejó, salí a caminar por el barrio. A pocas cuadras del conventillo había un corralón muy grande, donde se guardaban varias chatas. Cuando di vuelta la esquina alumbrado por el farol los vi recostados sobre el portón: a ella y al guapo que había llegado hacía muy poco a Barracas. Cuando me acerque a ellos vi brillar su puñal amenazante. Los dejé. No por miedo, sino porque sabía que en el conventillo me esperaba la vieja y mis hermanos todavía purretes, a los que tenía que mantener.
- Te das cuenta, Nicola, porque no quiero hablar, yo se que termino lagrimeando.
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